23/08/2009

Travesía de Teseo y Ariadna

Cuento ganador de la Medalla de Plata en las 3ras Olimpiadas Culturales Rafaela, por la categoría "Cuento".- por Huffman Rethro

- Un rato más, querida. - dije, tal vez como consuelo ante su inusual palidez. - El viaje es largo, Ariadna, pero la cúspide ya se aproxima.

La montaña es la montaña, y su imponencia acababa esa mañana con los colores de los valles de Cordio y Tompía, ya bajo nuestros hombros. Quise detenerme a admirar el paisaje, pero no sobraba el tiempo en ese momento, como en ninguno. ¿Quién acaso se jactaba de conocer nuestro objetivo sino la persona que esperábamos encontrar?. Eramos mensajeros de un comunicado anónimo, del que solo se conocía su receptor.


Después de unos minutos, un gran roca. Luego un viejo roble y un molino abandonado (quién sabe si no tomado).

El sol nos miraba directamente a la cara y se reía de nuestro creciente rubor. Ya falta poco, Ariadna. Aunque nunca demasiado poco.

El vertiginoso y ahora cercano cielo acariciaba, por fin, nuestras cabezas. ¿Acaso aguardábamos la llegada de un éxtraño?.

Luego de lo que parecieron (o fueron realmente) largas horas totalmente insípidas, el desconocido receptor de nuestro mensaje, creíamos, había llegado.

Se mostró confuso y mareado. Balbuceó algo acerca de un hogar que ahora era lejano y extrañado. Supe inequívocamente que no se trataba de mi esperado minotauro, sino de otro, tal vez una broma o mortal coincidencia. Esta última alternativa se debió a que no podía mi audacia permitir que un equivocado anónimo conozca la razón por la que yacíamos en la parte más alta de aquella montaña. Debí, sin preguntas, enfrentarlo.

- Dime quién eres o que por algún motivo no posees el don de la memoria, y quizás encuentre asi una justificación para el libre albedrío de tu alma, no matarte.

La bestia dijo llamarse Asterión, y no oponerse a mis decisiones de asesinato.

"Una broma de muy mal gusto", murmuré, y di por finalizada la vida de un ser.

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba, minutos después, ni un vestigio de sangre.

- ¿Lo creerás, Ariadna? - dije. - El minotauro apenas se defendió.

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